Por:Sofía Llamedo
Desde horas del mediodía, luego de la noticia que había cambiado al país, cientos de miles de personas comenzaron a acercarse a Plaza de Mayo. La convocatoria era para las seis de la tarde, pero mucho antes ya era imposible caminar sin cruzarse con alguien que llevara una remera, una bandera o un tatuaje que contara parte de la historia.
Una marea de gente que no se paraba de mover. Había grupos de adolescentes, parejas mayores de 70 años, oficinistas recién salidos del trabajo, amigos que salían del fútbol, de la facultad, familias enteras y hasta cuatro generaciones de ricoteros juntas. No había religión, ideología ni clase social que pudiera excluirte de esa despedida.
La plaza se transformó rápidamente en una verdadera misa popular. Parlantes improvisados reunían grupos de personas que cantaban mirando al cielo, casi como un ritual. Sonaban canciones en cada rincón. Había puestos de choripanes, vendedores de cerveza, jarras que giraban entre desconocidos, banderas flameando, bengalas, fuegos artificiales y abrazos infinitos. Cantamos, bailamos, nos reímos, lloramos abrazados con desconocidos y discutimos sobre su legado. Todos unidos por el mismo amor ricotero.
Porque algo así pasa solamente en Argentina. Y aun así resulta muy difícil de explicarle a alguien de afuera. No se puede comparar con otro movimiento. Hay algo que excede a la música, a los recitales y a las canciones. Algo que aparece cuando cientos de miles de personas que no se conocen sienten que están despidiendo a alguien de su propia familia.
La de Carlos Alberto "Indio" Solari es una de las poesías más complejas de interpretar y, aun así, logró meterse en la casa de todos los argentinos. Así germinó uno de los movimientos culturales más grandes de la historia argentina. Porque si hay algo que nunca hizo el Indio fue explicar sus letras. Pero claro, ¿cómo lo haría si cada quien tomó esas frases como propias y las levantó como bandera? Como un gran remedio para un gran mal.
Nos habló de cosas muy complejas con palabras muy simples y escribió sobre situaciones cotidianas de una forma inigualable. Nos habló siempre en argentino: escribió sobre amigos, bares de noches largas, miserias, vicios, nuestro fútbol, el amor y la revolución. Y de la muerte, claro que nos habló de ella.
Hoy llora una piba en la villa, un laburante precarizado, un chico sentado en la facultad, un intelectual, un preso, un barrendero, una maestra, un desocupado, una ama de casa. Hoy llora un nene porque vio a sus padres conmovidos. Hoy llora el pueblo argentino.
Algo incomprensible moviliza a todos aquellos que alguna vez encontraron refugio en sus canciones cuando un amigo o un familiar no alcanzaba. Un pibe le dice a un amigo: “Me hace acordar a la muerte de Diego, y me parece muy loco que Dios pueda morir dos veces”.
En las malas y en las buenas, en los amores y desamores, y también en la (in)justicia social. Nos dio rebeldía, coherencia y lealtad. Porque tiene canciones para reír, para bailar y para llorar. Eterno e invencible, con una valentía admirable para transitar y habitar este mundo.
Un personaje que casi no daba notas, enigmático y ermitaño, que siempre aparecía en los detalles. Casi como un dios omnipresente. Como cuando llamó en medio del funeral de Micaela García y le cantó Juguetes Perdidos porque Mica lo había ido a ver a Olavarría y esa noche no la había tocado, siendo su canción favorita de Los Redondos.
Un amor que no se puede dimensionar y que arrastraba a millones de personas a cualquier punto del país. No es exagerado decir que la música de Los Redondos le salvó la vida a más de uno. No sé qué sería de la vida de muchos de nosotros sin sus canciones. Nos dio identidad y fuerza para resistir.
Es difícil decir algo del Indio que no haya dicho otra persona y casi imposible no ser autorreferencial cuando uno de los primeros recuerdos que tengo sobre esta banda es decir, a los cuatro años, que de grande me iba a tatuar un Perro Dinamita y una Vaca Cubana.
Y creo que eso es el fiel reflejo de todo esto: una niña que todavía no sabe nada de la vida, pero que aun así, con solo escuchar una canción y mirar a su alrededor, ve un disfrute compartido. Un momento de felicidad de sus personas favoritas bailando una canción.
Todos los que encontramos algo en tus canciones tenemos una inmensa tarea por delante: seguir con este legado. Hay que contarles a nuestros hijos y a nuestros nietos cómo lograste que muchos formaran familias, hicieran nuevos amigos, superaran un duelo y hasta pasaran de estar presos a recibirse de abogados, como contó un muchachito en alguna radio. Porque sí, el Indio nos hace pensar.
Si pudiéramos tener estadísticas o alguna forma de saberlo, me atrevería a decir que desde que existen Los Redondos nunca dejaron de sonar en ningún rincón del país. Siempre, en algún momento del día, en el lugar más recóndito de la Argentina, alguien está escuchando Los Redondos o simplemente tarareando una canción.
Y mientras la noche caía sobre Plaza de Mayo, entre bengalas, abrazos y canciones, parecía que nadie quería irse. Como si todos supiéramos que despedirlo iba a llevar mucho tiempo. Porque hay personas que se mueren una vez. Y hay otras que quedan viviendo para siempre en millones de historias ajenas.
Tal vez por eso, mientras la plaza seguía cantando pasadas las dos de la mañana, daba la sensación de que el Indio no se estaba yendo a ninguna parte. Como dijo La Kermmesse: “de alguna forma, la inmortalidad era tuya desde mucho antes”.
Cómo dijo más de uno ayer: Ahora son todos ricoteros. ¿Y qué mejor?
cobertura audiovisual: Valentina Suriano
ph: Mateo Araujo







