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La cara más salvaje de la Belle Époque porteña.

Tango, mafia y el día que casi matan a Carlos Gardel en el Palais de Glace

Buenos Aires, 1910. La ciudad quería ser la París de América. El glamour se respiraba en las calles y, para demostrar que estábamos al nivel de Nueva York o Londres, se inauguró el mítico Palais de Glace en la calle Posadas al 1700. Era un edificio circular, con techo vidriado y una moderna pista de hielo con máquinas escocesas, donde la alta sociedad porteña iba a tomar champagne a los palcos mientras miraba a la gente patinar.

Pero había otra Buenos Aires: la del hampa y el tango, un baile que por ese entonces era marginal, erótico y totalmente prohibido. Y acá es donde la historia se pone picante.

En la columna de historia de Martín Leguizamón en Quién Paga La Fiesta —donde ya nos desasnamos sobre por qué a Belgrano lo esconden en la bandera, desmitificamos la historia del Obelisco o conocimos al power trío que escribió el Himno Nacionalviajamos al Palais de Glace para destapar uno de los episodios más oscuros y rockeros de nuestra cultura.

El Zorzal, la francesa y los tiros en la puerta

Con el paso de los años, el hielo del Palais desapareció y el tango copó la parada. Al lugar empezaron a caer figuras pesadas de la noche, como el corso Juan Garesio y su mujer, Giovanna Ritana (conocida como Madame Jeanette), los capos del prostíbulo y cabaret clandestino más concurrido: el Chantecler.

Entre esa mezcla de alta sociedad y mafiosos, apareció Carlos Gardel. El tipo era el Lennon de 1915, el primer rockstar, un morocho de veintipico de años con facha y actitud. Pero cometió un error de principiante: no te podés meter con la mujer de un hampón. Gardel se convirtió en el amante de la francesa Madame Jeanette.

La noche de su cumpleaños en 1915, Gardel llegó a festejar al Palais de Glace, en la cima del mundo. Pero en la puerta de la alfombra roja, lo cruzó un matón a sueldo enviado por Garesio y le pegó un tiro que se le alojó directo en el pulmón izquierdo.

Esa bala no se la pudieron sacar ni en el Hospital Ramos Mejía. Le quedó en el cuerpo para siempre y fue la misma que encontraron entre sus restos tras el trágico accidente de avión en Medellín, derribando aquel viejo mito de que Alfredo Le Pera le había disparado en pleno vuelo.

Para salvar a Gardel, el mismísimo intendente de Avellaneda, el conservador Barceló, tuvo que transar con la mafia. A cambio de perdonarle la vida, Gardel juró que jamás volvería a pisar el Chantecler ni se cruzaría de nuevo con Madame Jeanette. Y cumplió.

Hoy, el Palais de Glace —que supo albergar en los 80s la primera Bienal de Arte Joven con Soda Stereo y Calamaro— yace abandonado en Recoleta, como un Titanic varado. No hay ni una placa en esa vereda que recuerde que ahí mismo, hace más de un siglo, el tango casi se queda sin su mayor leyenda por una historia de polleras, mafia y pólvora.

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