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Mujeres que pelearon, espías y el punk que firmó la Independencia

El 9 de julio que no te enseñaron

Cada 9 de julio hacemos lo mismo: locro, escarapela, discurso oficial y a otra cosa. Pero hay una historia que nunca aparece en los actos del colegio, y Martín Leguizamón —el politólogo e historiador más rockero de la Argentina— volvió a los estudios de Rock & Pop para contarla.

El momento en que Argentina nació, según la historia oficial, está mal puesto. Algunos historiadores proponen 1826 como la verdadera fundación de la República, con la primera Constitución y Rivadavia como primer presidente. Leguizamón lo descarta de entrada: "Esa Constitución fracasa al año siguiente y Rivadavia se tiene que ir. No pasaste la primera ronda del mundial."

Para él, la identidad argentina empezó mucho antes y de otra manera. Arrancó en la calle, en 1806, cuando los criollos echaron a los ingleses. No porque los echaron, sino por lo que eso despertó: "Hay un espíritu en las calles. Esa clase criolla que dice: estamos presentes, nacimos acá, empezamos a sentir". Era el mismo germen que, en Mayo de 1810, se convertiría en revolución. 

Las mujeres que la historia ninguneó (otra vez)

Entre 1810 y el 9 de julio de 1816, hubo batallas todos los días. Y en muchas de ellas hubo mujeres que no sólo asistían: pelearon. Las Defensoras de Buenos Aires —como ya contó Leguizamón en su columna sobre Belgrano— eran 53 mujeres instruidas en la Manzana Verde, a media cuadra de donde hoy está el cruce de Reconquista y Corrientes. Las entrenó primero Manuela Pedraza y luego Antonio Beruti. Cargaron fusiles. Empuñaron espadas. Fueron parte del Ejército del Norte y después cruzaron los Andes.

"La historia dice que ayudaron a los soldados. No. Ellas pelearon", remarcó Leguizamón.

El Congreso de Tucumán fue un fan fest

¿Por qué Tucumán? Buenos Aires quería ser sede. Las demás provincias dijeron que no: querían quitarle el centralismo. Eligieron Tucumán porque era territorio liberado, con identidad nacional fuerte. Y lo que siguió fue épico en todos los sentidos.

Los diputados tardaron 40 días en carruaje desde Buenos Aires, haciendo 20 km por día y parando en casas coloniales. Llegaron en caravana, con custodia de patricios. El Congreso sesionó del 24 de marzo al 16 de julio de 1816, sólo a la mañana. Las tardes y noches, según Leguizamón, eran otra cosa: se abrieron hosterías, bares, había guisados, empanadas, locro —que por algo quedó asociado a las fechas patrias—. Tucumán se convirtió en el fan fest de la independencia.

Para saber cómo llegaron Belgrano y los demás a ese momento histórico, conviene repasar la leyenda de los 7 granaderos de San Martín que Leguizamón ya contó en Rock & Pop: el entramado de lealtades y estrategias militares que hicieron posible el 9 de julio.

El espionaje, las batallas cuerpo a cuerpo y Macacha Güemes

¿Cómo se coordinaban cuando no había redes sociales ni teléfono? Con espías. San Martín adiestró a pueblos originarios. Y Macacha Güemes tenía una red de información que iba del norte hasta Tucumán, infiltrándose entre los españoles. Por eso fue posible el Éxodo jujeño: sabían con antelación lo que venía. Leguizamón lo explicó con la misma naturalidad con la que uno hablaría de la inteligencia de un club de fútbol en vísperas de un clásico.

Narciso Laprida: el punk de la historia

Acá viene el dato más fuerte de la columna. El presidente del Congreso que leyó el Acta de Independencia fue Narciso Laprida. Leguizamón lo reivindica sin dudar: "Narciso es punk. En la Casa Histórica de Tucumán tendría que haber una pintada que diga eso."

Laprida se pintaba las uñas de negro. Usaba agujas en su saco como signo de rebeldía contra lo establecido. Creía que el futuro no estaba escrito y que había que escribirlo con sangre propia. Fue la voz de San Martín en el Congreso, el que empujó para que la declaración de independencia incluyera no sólo la ruptura con la corona española, sino también con "toda nación extranjera que quisiera ocupar el territorio". Ese agregado fue clave: Buenos Aires todavía buscaba proteccionismo británico y francés. Laprida y los suyos dijeron que no.

El final de Narciso Laprida no fue glamoroso. Los unitarios lo capturaron, lo enterraron hasta el cuello y le pasaron un tropel de caballos por encima. Murió como un punk: sin rendirse.

"Cuando vuelva a andar por la calle Laprida, ya no será la misma para mí", admitió Martín Ciccioli. Difícil no entenderlo.

 

Mirá o escuchá la columna de historia de Martín Leguizamón todos los jueves en Quién Paga La Fiesta, junto a Martín Ciccioli, Magui Aicega y Gaby Acosta, de lunes a viernes de 13 a 16 hs por Rock & Pop 95.9.

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