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Otra noche, el mismo ritual.

Divididos: 185 meses en el Teatro Flores y una Amapola en el pogo

Por: Sofía Llamedo

Divididos tuvo su tercer show de cuatro en el Teatro Flores. La noche comenzó antes de que el telón se abriera. A las 21:10, con el escenario todavía escondido, empezó a sonar el Himno Nacional Argentino. Ricardo Mollo se asomó para cantar sobre el final y, segundos después, finalmente el telón se abrió: “Aliados en un viaje” dio inicio formal a una nueva noche de la banda en su histórica casa de Flores.

El recorrido siguió con “Azulejo” y “Cuadros colgados”, ambas del disco Acariciando lo áspero. Pasaron por “Pasiones zurdas derechas”, acompañada por las imágenes de un diario llamado La Pasión, con titulares amarillistas como “El papel y la tinta” y “Mostraste la hilacha”, y otros fragmentos de la letra.

El recital tuvo 30 canciones de distintas etapas, dándole lugar a “Monte de olvidos”, “Bafles en el mar” y otros temas de una lista que recorrió buena parte de la historia de la banda. “Vida de topos” fue coreada, como de costumbre, por todo el teatro.

Después, la banda se tomó unos minutos para homenajear al gran Negro Rada. “Músicos que nos han demostrado qué camino... Te vamos a extrañar mucho. Nos encontraremos allá. Ha dejado tanta música que va a ser difícil no sentir su presencia todo el día”, expresó Mollo. El público respondió con un abrazo colectivo hecho de aplausos y cánticos hacia el músico uruguayo.

La noche también tuvo su momento de intimidad y acústicos con canciones seleccionadas especialmente para estos shows: “15-5”, “La gente se divierte”, “Amor japonés” y “Agua en Buenos Aires”. Para “Vos ya sabrás”, Mollo se sentó en el medio del escenario y la interpretó junto con un breve fragmento de “Soy quien no ha de morir”.

El telón volvió a cerrarse y regresaron a escena con “Luca”, pero fue “Casi estatua” la que devolvió el pogo al teatro. “Alma de budín”, “Tanto anteojo” y “Revienta el Mi mayor” sonaron al hilo, bien fuerte, casi como una trompada, con un público que, por supuesto, hacía vibrar Flores.

En las filas del fondo, una nena subida a los hombros de su papá seguía el recital como una más. Permaneció ahí durante buena parte del show, hasta que sonó “Amapola del 66”. En ese momento, padre e hija comenzaron a avanzar entre la gente hasta quedar mucho más cerca del escenario.

La nena siguió el recital desde los hombros de su papá, agitando los brazos y cantando a su manera. La emoción de ambos conmovía a todos los que estaban a su alrededor.

Al volver hacia el fondo, quien escribe pudo hablar con ellos y conocer su historia. La niña tiene siete años, se llama Amapola y escucha a Divididos desde antes de nacer: su mamá le hacía escuchar  Divididos cuando todavía estaba en la panza.

Y esto explica por qué una banda puede convertirse en un ritual familiar y de amigos. Mientras Divididos lleva 185 meses tocando en Flores (según Ricardo), Amapola, con apenas siete años, empieza a escribir su propia historia en ese mismo lugar con la banda que le dio su adorable nombre.

Después de bajar algunos decibeles llegó el clásico cover de “Sucio y desprolijo”, de Pappo, pero la energía todavía podía subir aún más con “Paisano de Hurlingham” y “Paraguay”. Minutos después, “El 38” y “Ala delta” marcaron el principio del fin del show.

Finalmente, se retiraron con un enganchado de “El ojo blindado” y “Mejor no hablar de ciertas cosas” de Sumo. Ricardo bajó a saludar, Catriel rompió algún palo más para hacer sonar increiblemente la bateria y Arnedo tocó las cuerdas del bajo como solo él puede hacerlo en este bendito suelo argentino. “Hasta el viernes, gracias”, fue la despedida.

Divididos se fue de Flores con una certeza: todavía quedan escenarios, canciones y generaciones por descubrir. El viernes habrá otra noche, y probablemente muchas Amapolas más.

 

ph: Nacho Arnedo

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