Por Sofía Llamedo.
Nuestro país es muy nostálgico y por eso hay genios que terminan explicando quiénes y cómo somos a través del arte de la composición de canciones. Serú Girán, banda integrada por Charly García, David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro, duró apenas cuatro años, de 1978 a 1982; años oscuros, si los hay. Solo juntar a esos genios podía dar como resultado semejante obra de arte, una que dejó una huella en la historia argentina, tanto musical como política, diría.
Por eso, quienes ingresaban al Arena de Villa Crespo peinaban canas entre grupos de amigos y familias que pasaron del vinilo a ponerle play en Spotify. Conducía la nostalgia. Ante la pregunta “¿Cuál es tu primer recuerdo de Serú?”, había un factor común: los amigos y el colegio. Lo que siempre fue Serú.
Sin el genio de García sobre los escenarios y con Moro vigilando desde arriba, Lebón y Aznar agotaron cinco fechas para abrazar las canciones de Serú Girán. Se sospechaba una puesta en escena sencilla. Sabíamos que no sería un show en el que las luces y las visuales compitieran con lo auditivo; todo lo contrario. Destaco esto porque, a pesar de la masividad del recital, la intimidad era inimaginable. Algo vibraba de manera especial.
Apenas pasadas las 21, una parte del ADN argentino ya estaba arriba del escenario, ya muy emocionados, y el recital todavía no había empezado. Un abrazo después, “Parado en el medio de la vida” abrió la noche. Continuaron con la “Intro” de La grasa de las capitales para pegarla con “Frecuencia modulada”, con todo el estadio de pie.
Entonces, Pedro Aznar se tomó unos segundos para presentar a la banda que hacía posible ese viaje en el tiempo: Federico Arreysegor en teclados y voces, Fernando Cosenza en guitarras, Matías Sabagh en batería y Fermín Ferraris en teclados.
Lebón, con la voz casi quebrada, abrió su corazón: “Quiero agradecer a Pedro, él fue el que juntó a esta gente atrás mío. Trabajaron como locos desde el primer día. Yo necesito decirles a todos ustedes que han pasado muchas cosas desde que nací, y nunca me imaginé que a los 73 años iba a llenar estadios”. La sala entera lo abrazó desde abajo y, sin perder el clima, el recorrido siguió con “El mendigo en el andén”, segundo tema del álbum debut homónimo, publicado en 1978.
“Canción de Alicia en el país” trajo las primeras imágenes de Charly a las pantallas. Parecían sacadas de aquel Obras de 1982. Los aplausos y silencios del público para oír cada arreglo fueron un gesto de gratitud. Después de todo, eran ellos los encargados de ponerle cuerpo a canciones que habitan la memoria de varias generaciones.
Ningún ojo dejó de lagrimear en toda la noche, pero el momento de “Nos veremos otra vez” fue especial. La dulzura que emanan Lebón y Aznar, ese bajo y esa guitarra inconfundibles que se enredan con sus voces, generaron una sensación difícil de describir. Por un instante, pese a las miles de personas, daba la impresión de que le estaban cantando a cada uno de nosotros, solos, en una casa con patio o en una habitación.
Hubo pequeños grandes detalles, previsibles para quienes los escuchaban en aquellos años: sutiles censuras en las letras originales, palabras que no podían decir y que la dictadura había obligado a callar. El público lo celebraba casi como desahogo.
“Desarma y sangra” derivó en un grito que quedó suspendido en el aire: un “gracias, Charly” que se volvió eterno en forma de “olé, olé, olé, Charly”. Y sí: no hay mucho más que agregar. Aguante Charly. La seguidilla de “Noche de perros”, “San Francisco y el lobo” y “Viernes 3AM” fue apabullante, un pedazo de historia en cada nota.
Lebón se quedó en el escenario junto al pianista para interpretar “En la vereda del sol”. Contó que la canción nació en Uruguay, durante las primeras vacaciones que compartió con García. Minutos más tarde llegó el turno de Aznar, que cantó “Déjame entrar”.
Después, se tomó unos segundos para hablar: “Soñé esta canción, la escuché completa y estaba tal cual en mi cabeza. Cuando me desperté, corrí a escribirla. Y cuando la cantaste en el estudio me emocioné, porque era exactamente igual a mi sueño”, recordó antes de dar paso a “A cada hombre, a cada mujer”.
Un infaltable en la lista es “Mundo agradable”, y Aznar recordó que cuando Lebón les mostró esa canción a él y a García no estaban muy convencidos y, entre risas, aclaró: “le dije ‘es tu Imagine’”. Y lo és.
“Se viene un momento muy emocionante”, anunciaron desde el escenario, antes de abrir paso a una invitación especial: alguien de la misma familia musical, que en 1976 todavía era apenas un niño. Así se presentó Juanito Moro para sentarse en la batería en honor a su padre. La reacción fue inmediata: emoción, sorpresa y una ovación que no necesitó traducción.
Con ese aire de reencuentro colectivo, sonaron “Cuánto tiempo más llevará” y “No llores por mí, Argentina”, como si las canciones también entendieran que ese momento era algo muy grande y especal. Después de más de 20 temas, la noche cerró con “Peperina” y una despedida que fue apenas un truco del corazón. La banda se fue del escenario, pero el silencio duró poco: Serú Girán volvió para regalar uno de sus himnos más grandes, “Seminare”.
El “oh, oh, oh, oh, oh” quedó flotando en el aire, eterno, como si miles de gargantas de los 80 se hubieran reactivado de golpe para sostenerlo una vez más. En el escenario, la emoción era visible: la banda tenía los ojos brillosos de la alegría, como quien entiende que está tocando junto a gigantes y que hay momentos en los que la música también abruma. No fue solo un recital, fue un encuentro con la memoria colectiva. Fue, también, la impresión de ver pasar la historia por delante: los genios y las canciones.
cobertura audiovisual: @valensuriano
ph: @adlerguido y @rodrigodalonso







