Corran por sus vidas.

Primera noche de Iron Maiden en Huracán

Por Tatiana Cusato

“Cincuenta años”. “50 años”. “Medio siglo”. Quizás, escribiéndolo de distintas maneras, algunos podamos dimensionar lo que significa llevar tantos años haciendo lo que más te apasiona. Porque ya sabemos que las relaciones humanas son complejas, con idas y vueltas. Y, sin embargo, después de 50 años de historia, Iron Maiden sigue eligiendo hacer música. ¡Y qué música! Porque no es que en Rock & Pop seamos fanáticos y fanáticas de los británicos, pero ¡qué delicia es verlos tocar en vivo!

Los tres guitarristas haciendo lo suyo, por separado y en conjunto, con sus improntas y estilos particulares que solo quienes tienen semejante trayectoria saben desplegar. La contundente batería de Simon Dawson, reemplazando con altura al entrañable Nicko McBrain, y el bajo… Ese bajo de Steve Harris que es el hilo conductor de la banda y va marcando al galope el ritmo de sus compañeros. ¿Qué decir de Bruce Dickinson? No hay nada que podamos agregar sobre sus virtudes que cualquier lector de estas líneas no sepa. Un hombre con semejante talento y carisma que hace que casi no puedas despegar la vista de él.

Esas son algunas de las sensaciones que intentamos transmitir después de lo que vivimos anoche junto a unas 40.000 almas, en la primera de las dos funciones de Iron Maiden en el Estadio Tomás Adolfo Ducó. Quizás la nostalgia se sintió más abajo que arriba del escenario, con padres llevando a sus hijos a ver a La Doncella y grupos de amigos celebrando, justamente, su amistad a través de esta música que tanto nos gusta.

En la gira *Run For Your Lives*, Iron Maiden repasa canciones de sus primeros nueve discos, pero no desde la nostalgia, sino desde la vigencia. El setlist estuvo compuesto por 17 temas infalibles. Por supuesto, no faltaron los recontra mega clásicos como “The Number of the Beast”, “2 Minutes to Midnight” o “Run to the Hills”, pero también hubo lugar para canciones de los primeros discos, como “Murders in the Rue Morgue”, “Wrathchild” y “Killers”, elegidas para arrancar la velada.

Hay que destacar la puesta en escena, esta vez más sencilla de lo que nos tienen acostumbrados, pero que no por eso generó menos expectativa. En lugar de desplegar una escenografía cargada de utilería, la banda se apoyó en un sistema de pantallas que recreaba distintos escenarios para ilustrar cada canción. Por supuesto, no faltó Eddie, que apareció sobre el escenario por primera vez durante “Killers”, ni los cambios de vestuario de Dickinson, acordes con cada tema. Pero más adelante vamos a profundizar en eso.

Después de ese comienzo demoledor, el frontman se dirigió al público y destacó: “Llevamos 50 años esperando este momento”. Tras los aplausos y los alaridos de la gente, presentó “Phantom of the Opera”.

Después del pogo durante “The Number of the Beast”, con niños subidos a los hombros de sus padres, Bruce Dickinson volvió a tomar la palabra para aclarar: “Estuvimos en Argentina varias veces y no me acuerdo si alguna vez tocamos esta canción. La última vez que la tocamos fue hace 38 años”. Así le dio paso a “Infinite Dreams”, un temazo incluido en Seventh Son of a Seventh Son (1988).

La lista siguió con “Powerslave” y, a partir de ahí, la teatralidad de Bruce Dickinson se hizo mucho más evidente. El cantante salió al escenario con una máscara de plumas para interpretar el tema. Sin dar respiro, llegó el turno de “2 Minutes to Midnight” y, después de una introducción sobre cóndores y albatros, Dickinson presentó “Rime of the Ancient Mariner”.

En la humilde opinión de esta cronista, fue uno de los momentos más altos de la noche. No solo por la destreza musical de la pieza y de sus intérpretes, sino también por la teatralidad y el despliegue escénico. Los efectos especiales hicieron que la figura de Dickinson terminara integrada en la pantalla principal, en una escena que simulaba su muerte y posterior escape, antes de volver a emerger sobre el escenario, ileso.

“Run to the Hills”, “Seventh Son of a Seventh Son” y “The Trooper”. Con esa seguidilla, el estadio completo cantó a los gritos. Pero, además, durante el hit de Piece of Mind, Dickinson no solo salió con la habitual bandera británica: también se encargó de flamear la argentina, arrancando un aplauso generalizado. Eddie, por supuesto, no quiso quedarse afuera y volvió a salir a escena, esta vez vestido de soldado.

El fervor siguió con “Hallowed Be Thy Name”, donde Dickinson cantó encerrado en una jaula para interpretar al desdichado condenado a muerte del que habla la letra. Pero no hay clima solemne que un himno como “Iron Maiden” no pueda disipar. Otro de los temas que se cantaron a grito pelado.

Tras una pequeña pausa, llegaron los bises con “Aces High”, “Fear of the Dark” y el cierre con “Wasted Years”. Un final ensordecedor, con chiste incluido, cuando Dickinson se despidió del público y dijo: “Repitamos esto pronto, tal vez mañana”, en alusión a la segunda fecha programada en Huracán.

¿Cuántas veces tenemos la oportunidad de vivir algo así? Corran por sus vidas, porque Iron Maiden termina siendo mucho más que una banda: es una experiencia.

Cobertura Audiovisual: Valentina Suriano, Mateo Araujo y Bruno Dulbecco.

Ph: @gallo_rockpix y Gabriel Sotelo.

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